En 1923, Williams I. Thomas afirmó que si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias, estableciendo que las definiciones cotidianas de la realidad –las cuales quizá no son otra cosa más que las impresiones subjetivas proyectadas en la realidad – llegan a ser verdaderas. En otras palabras, esta postura sostiene que lo que pensamos sobre la realidad determina la realidad misma. El nosotros es aquí importante, de hecho ¿cómo se da el paso de lo individual a lo colectivo? ¿Se trata acaso de tomar conciencia de este hecho? ¿Acaso lo sabemos tácitamente? ¿Qué conciencia anima las colectividades? ¿Hay que buscar del lado de la conformación de identidades? ¿Cuál es la fuerza del nombre con que te llaman?
Si creer algo es más importante que de hecho preexista en el mundo de los hechos duros, implica nuevas responsabilidades y posibilidades. El desafío de vivir en otro tipo de mundo –ese que la gente ‘pareciera’ desear y relegar a la utopía– no es imposible de realizar. Pareciera que el meollo del asunto radica en que se pueda o no pensar-imaginar colectivamente. ¿Está escondida allí la idea del poder revolucionario de la esperanza?
2 comentarios:
"Puede calificarse de absoluto el tiempo, el periodo histórico en que vivimos, la época con sus relaciones humanas reales, con sus contradicciones y aspiraciones" (J.P. Sartre)
Y la esperanza, por supuesto, es una de esas contradicciones revolucionarias ya que sobrepasa el tiempo vivido con intensidad y se deja llevar por la idea de redención cristiana, más sosegada y menos carnal.
Nuestra responsabilidad es hacer de nuestras creencias pilares de concreto y a la vez, espigas para el sol.
Walter Benjamin habla de una débil fuerza mesiánica. Ciertamente, es inevitable asociar la idea con la tradición judeo-cristiana. No obstante, se trata de algo que va más allá (o menos allá) de la religión.
Qué honor tener el lujo de tus comentarios Fabricio!
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